La misión en la que Kearney lideró al Ejército hacia el Oeste (en 1846) no tenía precedentes en la historia americana. Por primera vez el Ejército de EE.UU. se disponía a invadir y ocupar permanentemente vastas porciones de una nación soberana. Fue un robo de tierras ("landgrab") de proporciones gigantescas.
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La guerra con México fue un hecho complejo originado en varios motivos, reales e imaginados, que partían desde muchos años atrás. En lo inmediato, la guerra tenía que ver con Texas. El año anterior, 1845, Estados Unidos había oficialmente anexado la República de la Estrella Solitaria, que, una década antes, había declarado su independencia de México tras las sangrientas batallas en el Álamo y San Jacinto. Pero México nunca reconoció las pretensiones de independencia de Texas y ciertamente no estaba preparado para verla pasar a manos estadounidenses. Al darse cuenta que ni la diplomacia ni algún tipo de intercambio directo iba a permitirle alcanzar sus fines expansionistas, (el presidente de EE.UU. James) Polk se decidió a provocar una guerra. Envió al General Zachary Taylor a un territorio disputado, entre el Nueces y el Río Grande, en el sur de Texas. Fue un intento poco sutil de crear las primeras chispas. En Abril de 1846, los soldados de Taylor recibieron disparos, y Polk tuvo el pretexto que necesitaba para declarar la guerra.
"Sangre americana ha sido derramada en suelo americano", balbuceó Polk en tono indignado, evitando mencionar que Taylor había hecho todo lo posible por invitar un ataque y que, de cualquier modo, ni siquiera se trataba realmente de suelo americano - al menos no todavía. México había "insultado a la nación", acusó el presidente, y ahora debía ser castigado por su traición, contra-atacado, quitado de amplias porciones de territorio que no era capaz de gobernar.
La simple verdad era que Polk quería más tierras. Ningún presidente en la historia americana había sido tan franco en sus objetivos de capturar terrenos.
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La ciudadanía americana se convenció con fervor religiosso de que su forma republicana de gobierno y sus libertades constitucionales debían expandirse a las partes ignorantes del continente que poseía México, que con sus costumbres feudales y sus supersticiones papistas, detenían el camino del progreso. Conquistar México, en otras palabras, sería como hacerles un favor.
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Fuera moralmente correcto o no, la mayoría de los estadounidenses parecían creer que el expansionismo nortamericano era inevitable - y que no tenía demasiado sentido resistirse a la marea de la historia. Estados Unidos y sus ideales e instituciones estaban avanzando hacia sus afueras, hacia el oeste, hacia adelante. El país prácticamente no podía contenerse. El espíritu expansionista era omnipresente en el aire, como un germen benéfico. Los soldados voluntarios de Missouri marchaban con una especie de vértigo nacionalista. John Hughes afirmaba que todo soldado en el Ejército del Oeste "se sentía un ciudadano de la república modelo." Poseídos por "un elevado sentido moral y una consciente superioridad sobre la gente mexicana", escribía Hughes, se embarcaban en una misión áltamente romántica - ¡Al oeste hacia el Pacífico, al sur hacia las Albercas de Moctezuma!*
(los signos de admiración del original quizás se deban a que "The Halls of Moctezuma" son mencionados en el primer verso del himno de la Marina estadounidense)
Unos años antes, un joven editor de Nueva York llamado John O'Sullivan había acuñado la frase autojustificatoria que capturaría la nueva ideología moralizante del país. Escribiendo para el New York Morning News, O'Sullivan argumentó que era el destino de los Estados Unidos, necesario e inexorable, avanzar hacia el oeste y establecer una norteamérica de mar a mar, "para extenderse y poseer todo el continente que nos fue designado por la Provindencia para el libre desarrollo de nuestros millones que se multiplican año a año". Para avanzar "el gran exprimento de libertad", la república americana debía absorber nuevas tierras. Era, O'Sullivan sugirió, su "destino manifiesto".
En las universidades a lo ancho del país, la juventud había sido impactada por la noción del excepcionalismo americano, y los estudiantes comenzaron a mostrar su fervor patriótico creando organizaciones a la moda en los campus, tales como el Young America Movement, que entre otras cosas promovía inequívocamente la expansión hacia el oeste. Hasta las elites letradas parecían haber comprado la idea del destino manifiesto. Herman Melville declaró que "America prácticamente no tiene límites hacia el oeste salvo el océano que baña las costas de Asia". Walt Whitman pensaba que México debía ser enseñado una "vigorosa lección". Por demasiado tiempo Washington "había hecho oídos sordos a las insolentes fanfarronadas del gobierno mexicano"; ahora era hora de que "la democracia, con su varonil corazón y su fuerza de león, corte las ligaduras que los charlatanes quieren mantener". Al igual que Polk, Whitman tenía su vista puesta en Nuevo México y California, preguntándose, "¿Cuánto tiempo pasará hasta que brillen como dos nuevas estrellas en nuestro imponente firmamento?"
(Fragmento traducido de este libro)
(Vía)
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